
Pasé dos años intentando no mirarme a mí misma en demasiado detalle. No es que viviese enganchada a los típicos alimentos inflamatorios. Sobre el papel, mi estilo de vida parecía equilibrado: caminaba mis 10.000 pasos; no me daba atracones los fines de semana… Sin embargo, casi de la noche a la mañana, durante el confinamiento, me empecé a encontrar rara. El intestino me daba guerra. Mi piel, normalmente muy estable, se rebeló con repentinas irritaciones y rojeces, y sentía una especie de pesadez generalizada…