Sobre la esquina de Callao y Bartolomé Mitre, el movimiento nunca cesa (o casi). Desde afuera, lo primero que llama la atención es una mujer repulgando empanadas con una destreza hipnótica: ni las mira, pero le salen perfectas. Justo al lado, la figura de un chef regordete da la bienvenida a los clientes. La estatua, creación del padre de uno de los actuales dueños, se convirtió en un sello de identidad que los habitués reconocen con cariño y con la que muchos se sacan fotos antes de entrar. Adentro…