
Hay ciudades que existen dos veces: una en la geografía y otra en la imaginación. Río de Janeiro en Brasil, con sus colinas onduladas, su mar de luz quebrada y su constante oscilación entre lo divino y lo terrenal, es una de ellas. En ningún otro lugar la realidad parece tan dispuesta a ceder al mito. Aquí, el sol no brilla: arde. La gente no camina: danza. Y la belleza no es una promesa, sino una condición. A lo largo del siglo XX, Río fue mucho más que un destino: fue un estado mental…