La pizza porteña es un mundo con sus reglas, construidas a lo largo de un proceso histórico que forjó su carácter único. No es una burda imitación de la napolitana. Es una criatura, genuina y sincera, que atesora características propias. Una especialidad que tiene no menos de un siglo en el país y que marcó una huella profunda y perfectamente definida en el esqueleto gastronómico nacional. No es casualidad de que haya “evangelizado” a millones de personas a lo largo de su vida.