
En Valparaíso, cuando llega la hora de comer, poca gente que no sea porteña piensa en el histórico Mercado Cardonal. Sus viejos muros, amarillentos como los de una esponja sucia, no invitan a acercarse. Tampoco su entorno, entre el terminal de buses y el muelle Barón, lleno de camiones, algunas fogatas apagadas, charcos de líquidos oscuros y olores no muy gentiles. Pero superadas esas barreras, que alejan a tímidos y desinteresados, se despliega de pronto un fascinante micromundo, lleno de colores y una inmensa variedad de sabores.