En 1975, un encuentro en órbita entre astronautas estadounidenses y soviéticos demostró que las superpotencias podían colaborar. Sus efectos positivos finalmente condujeron al establecimiento de la Estación Espacial Internacional (EEI). Con tan solo 33 años, Glynn Lunney era uno de los directores de vuelo más experimentados de la NASA. Para 1970 había estado en el centro de la acción en numerosas misiones, desde la primera órbita de la cápsula Apolo hasta los primeros pasos de Neil Armstrong en la Luna.
