Son las seis de la mañana y Lucas Marconi se sienta en su auto, frente a su casa en Pilar. Como cada día de trabajo, revisa el mapa de tránsito: la Panamericana —la vía principal que conecta el norte del conurbano con la ciudad de Buenos Aires— parece despejada y el ingreso a la Capital luce libre. Pero Marconi sabe que esa imagen puede cambiar en minutos. A los pocos kilómetros, el verde se vuelve amarillo y pronto aparece el rojo que marca los primeros sectores de embotellamiento. Para las siete y media…