Durante 400 años, mientras Roma ardía bajo el sol del verano, la mayoría de los papas encontraron sosiego en un palacio pontificio más fresco, situado en la colina de Castel Gandolfo, a 29 kilómetros al suroeste de Roma. Juan Pablo II y Benedicto XVI se instalaban allí varios meses al año para descansar, pero también para trabajar. Luego llegó el papa Francisco. Viajó allí tres veces en 2013, el año en que fue elegido, dos para celebrar misas y una para visitar a su predecesor, Benedicto. Nunca volvió.