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Desde los primeros minutos, lo que emerge no es la ostentación, ni el deseo de asombrar a través del exceso, sino una visión clara y estratificada, en la que el vestuario se convierte en un lenguaje narrativo, una materia viva —y colorida— capaz de hablar a miles de millones de personas sin necesidad de subtítulos. Es una ceremonia que puede verse como una obra total, y que encuentra en el vestuario una de sus silenciosas pero poderosísimas columnas vertebrales.