El migrante venezolano Andry Hernández Romero recuerda la noche agridulce antes de ser enviado en un vuelo desde Estados Unidos al Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot) de El Salvador, un lugar en el que cuenta que vivió un “infierno”. Sin aviso fue deportado, acusado de pertenecer a una banda criminal por sus tatuajes. Allí perdió su libertad, su cabello —como estilista, parte importante de su identidad— y toda conexión con el mundo exterior.
