Cuando cinco hombres de nacionalidad china se presentaron en la oficina del Instituto de Derechos Humanos (INDH) de Los Ríos, llevaban consigo un pendrive y unos papeles. Para ellos, eran las pruebas que habían recolectado durante dos años. Su vía de escape. Desde el organismo público poco y nada le entendían. El idioma, los sonidos, los gestos. Era inútil saber qué querían. Sin embargo, tenían una noción. Tres días antes, la Dirección del Trabajo se contactó con ellos para alertarles de un posible caso de…