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Publicado en Noticias el Lunes 7 de Octubre, 2013

Solo el 7% de los agricultores tiene seguros, aunque cada 4 años hay un siniestro climático

El Mercurio.com – El periódico líder de noticias en Chile.

Pablo Obregón Castro 

Viñedos en Chacabuco. Foto del archivo de Kiko Benítez.

Viñedos en Chacabuco. Foto del archivo de Kiko Benítez.

En 1968 el país enfrentó la sequía más severa de que se tenga memoria. Es recordada como “La Gran Sequía” y provocó pérdidas económicas por unos US$ 1.000 millones. El agro perdió 430 mil puestos de trabajo, la producción de cereales cayó 65% y la superficie de riego bajó casi 40%.

Los efectos de la sequía no solo cambiaron la geografía del campo e hicieron nacer nuevas instituciones, como la Comisión Nacional de Sequía, sino que alteraron los hábitos de los chilenos hasta hoy. En 1968, el Presidente Eduardo Frei Montalva instauró el horario de verano para ahorrar energía.

Desde 1968 hasta la fecha ha habido diez sequías importantes y seis grandes heladas. Pero, a pesar de la recurrencia de estos fenómenos (cada cuatro años ocurre un siniestro climático), solo 21.230 productores de un total de 300 mil, es decir, solo un 7% tiene seguros contra estos eventos, según el ministro de Agricultura, Luis Mayol.

Incluso un estudio de la FAO muestra que en un lapso de 400 años, se han registrado en Chile más de 100 años secos.

La falta de seguros se hizo patente durante estas dos últimas semanas, cuando las heladas dañaron el 68% del total de la superficie plantada con frutales y las proyecciones iniciales de la Sociedad Nacional de Agricultura hablan de US$ 1.000 millones en pérdidas, cifra que rebate el Gobierno, que estima que son menores.

Según cálculos del presidente de Fedefruta, Cristián Allendes, en el mejor de los casos los seguros cubrirán entre 2% y 5% de las mermas de este sector: “Esto ha sido un terremoto blanco. El Gobierno no nos ayuda cuando dice que aquí hay seguros comprometidos, porque la gente va a decir ‘para qué nos preocupamos si a esta gente le van a devolver la plata’, cuando no es así”, reclama el dirigente.

Seguros son subsidiados

En mayo de 2000 comenzó a operar el seguro agrícola con subsidio estatal. Este programa estableció, en sus inicios, un subsidio del 50% del costo de la prima para todos los agricultores, el que podía llegar hasta 80% para los productores más pequeños.

Con los años, el mecanismo fue perfeccionándose y hoy el Estado puede cubrir hasta el 95% del costo de las primas de seguros para los agricultores más pequeños beneficiarios de Indap, y hasta el 65% para los productores medianos y grandes, pero con topes.

El Estado subsidia el costo de las primas con un monto máximo de 80 UF por agricultor para cada temporada. Es decir, los agricultores pueden contar con hasta $1,8 millones por temporada para comprar seguros. Si el agricultor contrata un seguro más caro, debe solventar el costo adicional con su propio dinero.

Esta es una cifra baja para los medianos y grandes productores, que tienen más de 12 hectáreas. Por ejemplo, asegurar cada hectárea de tomates puede costar US$ 500, es decir, con el subsidio solo alcanzaría para siete hectáreas.

¿Por qué casi nadie lo utiliza?

Pese a los subsidios, el uso del seguro es bajísimo. Del total de productores que tienen cobertura, 15.230 son beneficiarios de Indap y son seis mil productores medianos y grandes.

Las estimaciones originales indicaban que en un plazo de diez años (hacia el 2011) habría al menos 475 mil hectáreas cubiertas por seguros, cifra que hoy apenas supera las 40 mil.

Para el Gobierno, la escasa utilización de estos instrumentos hace que el riesgo agrícola se transfiera de los privados al Estado: “La correcta utilización de estos seguros tendría un impacto positivo a nivel del presupuesto del Estado, ya que son las compañías de seguros y reaseguradoras las que cubrirían los siniestros y no el Estado”, dicen en el Ministerio de Agricultura.

En los últimos tres años, unos cinco mil agricultores han cobrado seguros por un total de $12 mil millones (US$ 24 millones). En paralelo, el fisco ha desembolsado cerca de US$ 60 millones en paliar los efectos de la sequía.

Para Cristián Allendes, la escasa utilización de estos instrumentos obedece a que sus costos son altos para la mayoría de los agricultores (hasta US$ 500 por hectárea para algunos frutales y hortalizas, como los tomates) y a que los subsidios no cubren campos grandes.

Más barato un helicóptero

Alejandro Irarrázaval, gerente general de Agrícola Chacabuco, decidió no contratar seguros para su predio. Hace cuatro años cotizó en varias compañías que ofrecían cobertura y llegó a la conclusión de que era más barato usar otras alternativas.

“Nosotros estamos en una zona en que todos los años hay heladas (Colina), pero resulta más barato sobrevolar el campo con un helicóptero (el aire caliente de la hélice protege los cultivos de las heladas). Otros años, el helicóptero ha volado 17 horas y este año, 45 horas. Con eso, logramos que el daño de las últimas heladas fuera limitado, no más de 5% de la uva”, señala.

Más allá de los costos, la gran debilidad del seguro agrícola, señala Irarrázaval, es que solo cubre el costo de producción, pero no el lucro cesante: “Nosotros optamos por un seguro de fletes marítimos que nos ayudó a enfrentar los efectos del paro portuario. Nos cuesta 0,2 dólares por caja, es un seguro caro, pero es bueno, porque, a diferencia del seguro agrícola, nos cubre el valor de la producción, no solo el costo”, dice.

El presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura, Patricio Crespo, también estima que los seguros son caros, pero también cree que hay una responsabilidad de los propios agricultores en materia de asociatividad: “Antes, uno sabía que las contingencias climáticas eran fenómenos razonablemente manejables, pero estamos entrando en un ciclo en que se hace más difícil predecir los fenómenos. Eso es nuevo y si nosotros aumentamos la demanda por seguros, el precio debería bajar”, señala.

En algunas zonas del país, los agricultores consideran que la posibilidad de que ocurra un siniestro climático mayor es tan escasa que no vale la pena invertir en seguros, salvo que algunos productores adelanten sus siembras para salir al mercado antes que la competencia y obtener mejores precios. Marcos Altamirano, agricultor de Graneros, considera que eso es lo que ocurrió con esta helada: “Los tomateros, por ejemplo, se arriesgaron para salir anticipadamente y les salió mal”, dice.

¿Escasa oferta?

Cuando comenzó a operar el seguro agrícola, se predijo que, al menos, doce compañías ofrecerían cobertura por daños climáticos. A la fecha, ese escenario no se ha presentado. Solo dos compañías, Magallanes y Mapfre, ofrecen cobertura por daños climáticos, según el Comité de Seguro Agrícola (Comsa).

El director ejecutivo de Comsa, Ricardo Prado, manifiesta que esta escasa oferta incide en los precios, pero que si se multiplicara la cantidad de agricultores que los utilizan, los costos deberían bajar: “Hay todo un tema de capacitación que tiene que hacer el agricultor. Incluso en países donde nos llevan veinte años de ventaja en esto, como México y España, ha costado meter este tema”, señala.

Para el presidente de la Asociación de Aseguradores, José Manuel Camposano, en cambio, el problema no pasa por la falta de oferta, sino por el costo.

“La industria partió con una oferta limitada, pero hoy existen productos para todo tipo de siembras. El problema es que los subsidios estatales operan en los pequeños agricultores”, dice.

 Cepas de uva blanca, las más afectadas por la ola polar

Las cepas blancas como el chardonnay y el sauvignon blanc serían las más afectadas por la ola de frío, así como también algunos tintos, como el pinot noir . Así lo señala el gerente general de Emiliana, José Guilisasti Gana. Aunque el impacto solo se dimensionará en noviembre, cuando las vides terminen su floración, desde ya se vislumbra un gran problema para los productores de los valles de Casablanca, Colchagua y Cachapoal.

Guilisasti insiste en que, más que las viñas, los que tendrán problemas serán los productores. “Con la helada mucha gente se va a quedar sin trabajo y muchos productores no tendrán uva para vender. Aunque el precio de la uva suba, eso no arregla el problema, porque no tendrán qué vender”.

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