Un humilde carpintero muy respetuoso
de Dios, estaba un día cortando una rama cerca de un lago.
Por accidente la herramienta de desprende de sus manos y cae al
agua.
El carpintero, que acababa de perder su única
y más
valiosa herramienta se pone a llorar al lado del lago y pide ayuda
a Dios.
De repente -y para su sorpresa-, una gran luz baja
del cielo y se escucha una voz profunda y majestuosa que le dice:
—¿Tú eres un hombre justo y honesto...
por qué estás
llorando?
El carpintero le respondió que su hacha se
le había
caído al lago. Entonces, la luz ingresa al agua y saca un
hacha de oro.
—¿Es esta tu hacha?
El noble carpintero, boquiabierto por la riqueza
del hacha, pero sabiendo que no era la suya, respondió negativamente.
Dios entró de nuevo al río sacando
un hacha de plata.
—Y ésta, ¿es la tuya?
De nuevo el carpintero negó. Dios volvió al río
y sacó el hacha del carpintero y repitió la pregunta:
—¿Es esta tu hacha?
El carpintero, lleno de contento, le responde:
—¡Sí!
Dios estaba tan feliz con la sinceridad del
carpintero que le dejo las tres hachas y mandó al carpintero
a su casa.
Un día en el campo paseaban el carpintero
y su esposa. Ésta
tropezó y cayó al río. El infeliz carpintero
rogó nuevamente
a Dios, que se le apareció y le preguntó:
—¿Por qué estás llorando
ahora?
El carpintero le contó el accidente, luego
de lo cual Dios se metió al río y sacó a Jennifer
López y pregunta:
—¿Es ésta tu esposa?
—¡Sí, sí! -contestó el
carpintero.
Dios se enfureció:
- ¡Eres un mentiroso!, ¡un rufián!,
antes pasaste la prueba pero ahora te dejas tentar por una bella
mujer y te apartas del recto camino !
El carpintero contestó:
—Dios, perdóname. Ha sido un malentendido.
Justamente como me acordaba de lo que pasó la vez anterior,
estoy seguro que si te hubiese dicho que esta NO era mi esposa,
después hubieras sacado a Catherine Zeta-Jones; luego, si
digo que tampoco es ella, sacarías a
mi esposa verdadera y yo tendría que decir que sí es
ella. Entonces tú, te pondrías feliz de nuevo y me
dejarías
a las tres como premio !! Y, Dios, compréndeme, soy un humilde carpintero
y no podría mantenerlas a las tres. Por eso te dije que sí a
la primera vez.